EL MUNDO DEL SOL ROJO

CLIFFORD D. SIMAK

 

 

Titulo original: The world of the red sun

Traducción: Horacio Gonzales Trejo

©  1931 by Clifford D. Simak

©  Gernsback Publications, inc., 1931

© Ediciones Martínez Roca, S. A., 1989

Gran vía, 774, 7.°, 08013 Barcelona

ISBN 84-270-1347-7

Edición digital de Sugar Brown

 

 

      —¿Preparado, Bill? —preguntó Harl Swanson. Bill Kressman asintió—. ¡Entonces, envía un beso de despedida a mil novecientos treinta y cinco —gritó el gigante sueco y movió la palanca.

      La máquina se estremeció violentamente y luego permaneció inmóvil en una oscuridad total. En un abrir y cerrar de ojos, la brillante luz del sol se extinguió y una oscuridad negra como boca de lobo, una negrura pintada con el pincel del demonio, envolvió a los dos hombres.

      Las luces eléctricas iluminaban los cuadros de instrumentos, pero la iluminación era débil comparada con la densa oscuridad que entraba por las ventanillas de cuarzo de la máquina.

      El cambio repentino desconcertó a Bill. Estaba preparado para algo, para algún tipo de cambio, pero no para aquello. Se incorporó a medias, y luego se dejó caer en el asiento.

      Harl lo observó y sonrió.

      —¿Asustado? —bromeó.

      —Diantre, no —dijo Bill.

      —Compañero, estás viajando a través del tiempo —agregó Harl—. Ya no estás en el espacio. Nos lleva una corriente de tiempo. El espacio se ha curvado a tu alrededor. No puedes viajar por el tiempo mientras te hallas en el espacio, pues éste impone al tiempo un paso medido: hasta aquí y no más. Pero si incurvas el espacio a tu alrededor, podrás viajar en el tiempo. Y cuando se sale del espacio no hay absolutamente ninguna luz, sino una total oscuridad, como tampoco hay gravedad, ni ninguno de los fenómenos físicos normales.

      Bill asintió. Lo habían repasado antes muchas, muchas veces. Construcción de una doble pared reforzada, capaz de soportar el vacío donde seria lanzada la nave al mover la palanca que la sacaría del espacio y la introduciría en la corriente de tiempo. Un aislante para protegerla frente al cero absoluto que reina donde no puede existir el calor. Rejillas gravitatorias en el piso, de modo que pudieran orientarse cuando estuvieran en esa nada donde no hay gravedad. Un complicado sistema de calefacción para calentar los motores, para impedir que se congelaran la gasolina, el aceite y el agua. Poderosos generadores de atmósfera para suministrar aire a los pasajeros y a los motores.

      Había representado diez años de trabajo y una suma de dinero que alcanzaba siete cifras. Se habían equivocado una y otra vez, habían fracasado otras tantas. Los hallazgos que realizaban durante su investigación habrían transformado el mundo y revolucionado la industria, pero ellos no dijeron una palabra a nadie. Sólo les importaba una cosa: viajar a través del tiempo.

      Los dos jóvenes científicos habían consagrado todos sus esfuerzos a viajar hacia el futuro, a ahondar en el pasado, a dominar el tiempo. Por fin, tenían el éxito a su alcance.

      En 1933 lograron su propósito. Dedicaron varios meses a realizar experimentos y construir la combinación de aparato volador y máquina del tiempo.

      Lanzaron aeronaves en miniatura, con las máquinas de tiempo también en miniatura preparadas para funcionar automáticamente; volaban por el laboratorio y finalmente desaparecían. Tal vez en aquel mismo momento giraban en torbellino a través de eras inimaginadas.

      Lograron construir una pequeña máquina del tiempo, preparada para viajar un mes hacia el futuro... Casi exactamente un mes después, aquélla se materializó en el suelo del laboratorio, a donde regresó después de su viaje a través del tiempo. ¡Fue la prueba decisiva! La posibilidad de viajar por el tiempo quedaba demostrada sin lugar a dudas.

      Ahora Harl Swanson y Bill Kressman viajaban por la corriente de tiempo. En la calle, la multitud había lanzado un grito de asombro cuando vio que el gigantesco avión trimotor desaparecía de improviso en el aire.

      Harl se acercó al tablero de instrumentos. Sus vigilantes oídos escuchaban el ronquido de los tres motores pues, no obstante las muchas precauciones tomadas para protegerlos, los dedos inexorables del cero absoluto se aferraban al vibrante metal.

      El medio era peligroso, pero el único factible. Si hubieran permanecido a nivel del suelo para penetrar en la corriente de tiempo, al detenerse quizá se habrían visto, tanto ellos como la máquina, sepultados por algún desplazamiento de tierras, o tal vez se habría edificado sobre ellos un rascacielos, o se hallarían en el fondo de un canal.

      En el aire estaban a salvo de cuanto pudiera suceder sobre la capa de la tierra a lo largo de los siglos que recorrían a una velocidad casi increíble. Estaban bien lanzados a través del tiempo.

      Además, el avión les serviría como medio de transporte cuando salieran a la época futura, abandonando la corriente de tiempo para regresar al espacio. Y quizá también como medio de huida, ya que era imposible prever lo que iba a ocurrir algunos milenios más tarde.

      Los motores fallaban cada vez más. Estaban funcionando al mínimo; puestos a todo gas habrían despedazado las hélices.

      Sin embargo, era preciso calentarlos. De lo contrario, dejarían de funcionar. Sería catastrófico regresar al espacio con los tres motores inservibles. De tal accidente, ninguno de los dos tendría muchas posibilidades de salir vivo.

      —¡Acelera, Bill! —gritó Harl con voz tensa.

      Bill accionó poco a poco el acelerador. Los motores protestaron, tosieron chispas, y luego volvieron a ronronear con regularidad. El sonido podía oírse desde la cabina gracias a la atmósfera artificial. En la corriente de tiempo no existía el sonido.

      Harl prestó atención, inquieto, deseando con todas sus fuerzas que las hélices resistieran.

      Bill redujo gas y los motores, puestos de nuevo al mínimo, funcionaron satisfactoriamente.

      Harl miró la hora en su reloj de pulsera. Aunque se hallaban en un tránsito donde el tiempo real no se medía con relojes, la máquina aún desgranaba los segundos y minutos del espacio-tiempo normal.

      Habían salido hacía ocho minutos. Siete minutos más y pasarían del tiempo al espacio.

      Quince minutos era lo máximo que los torturados motores podían soportar expuestos al intenso frío y al vacío.

 

      Miró el cuadrante que indicaba el tiempo. Marcaba el dos mil ochocientos dieciséis. Habían viajado dos mil ochocientos dieciséis años hacia el futuro. Sobrepasarían los cinco mil cuando se cumplieran los quince minutos.

      Bill le tocó el brazo.

      —¿Estás seguro de que seguimos sobrevolando Denver?

      Harl rió entre dientes.

      —De no ser así, tal vez nos hallemos a miles de millones de kilómetros en el espacio. Era un riesgo que debíamos correr. De acuerdo con todos los experimentos, hemos de regresar exactamente a la misma posición donde nos hallábamos cuando entramos en la corriente de tiempo. Ocupamos un agujero en el espacio. Debe seguir siendo el mismo.

      Empezaron a sentir dolores en los pulmones. O fallaban los generadores de atmósfera, o las fugas de aire hacia el vacío eran más importantes de lo que habían supuesto. Innegablemente, el aire se enrarecía cada vez más. Sin embargo, los motores aún funcionaban bien. Debía tratarse de una falta de estanqueidad en la cabina.

      —¿Cuánto llevamos? —gritó Bill.

      Harl miró la hora.

      —Doce minutos —informó.

      La escala de tiempo marcaba cuatro mil doscientos veinticuatro.

      —Tres minutos aún —agregó Bill—. Creo que podremos resistir. Los motores funcionan bien. Pero hace cada vez más frío, y el aire está bastante enrarecido.

      —Hay una fuga —dijo Harl, quejumbroso.

      Los minutos parecían interminables.

      Bill intentó pensar. Teóricamente, estaban sobre la ciudad de Denver. Hacía menos de un cuarto de hora habían estado en 1935, y ahora los años pasaban a velocidad de relámpago, una velocidad superior a los trescientos cincuenta años por cada espacio-minuto. Debían hallarse aproximadamente en el año 6450.

      Se miró las manos. Las tema azules. El frío era muy intenso en la cabina. Perdían el calor con demasiada rapidez. Les costaba respirar. El aire estaba enrarecido, y eso podía ser peligroso. ¿Y si sufrían un desmayo? Entonces se congelarían y viajarían eternamente a través del tiempo. Cadáveres congelados vagabundeando por espacio de milenios. La tierra que sobrevolaban se disolvería en el espacio. Podrían formarse nuevos mundos y nacer nuevas galaxias mientras ellos flotaban en la corriente de tiempo. La aguja del indicador de

tiempo llegaría a tope, se doblaría y seguiría desviándose hasta tropezar con el marco de la escala, donde seguiría pegada intentando registrar el paso de los años.

      Se frotó las manos y miró el indicador. Marcaba el cinco mil quinientos dieciséis.

      —Quince segundos —tartamudeó Harl, castañeteándole los dientes, con la mano derecha en la palanca y el reloj de pulsera a la vista.

      Bill apoyó las manos en el volante.

      —¡Ahora! —gritó Harl.

      Desvió la palanca y se vieron colgados en el cielo.

      Harl lanzó un grito de asombro.

      Era el crepúsculo.

      Abajo se veían las ruinas de una gran ciudad. Hacia el este aparecía el océano, limitado por un lúgubre horizonte. La playa era un desierto de dunas.

      Los motores, al recobrar su temperatura de régimen, rugieron poderosamente.

      —¿Dónde estamos? —sollozó Harl.

      Bill meneó la cabeza.

      —No es Denver —agregó Harl.

      —Desde luego, no lo parece —admitió Bill, entrechocando todavía los dientes.

      Voló en círculo para calentar los motores.

      Abajo no se divisaba el menor rastro de humanidad.

      Los motores lanzaron un ronco desafío a las arenas desiertas y, bajo la guía de Bill, la máquina inició un lento descenso hacia un arenal llano, cerca de la más destacada de las ruinas de piedra blanca.

      Aterrizó levantando torbellinos de arena, se elevó, y después de un rebote consiguió detener el aparato.

      Bill apagó los motores.

      —Hemos llegado —dijo.

      Harl estiró las piernas con desgana.

      Bill miró la escala de tiempo. Marcaba cinco mil seiscientos veintiséis.

      —Estamos en el año siete mil quinientos sesenta y uno —dijo lenta y pensativamente.

      —¿Tienes tu pistola? —inquirió Harl.

      Bill se llevó la mano a un costado y notó el tacto tranquilizador de la 45 guardada en su funda.

      —La tengo —respondió.

      —De acuerdo. Salgamos.

      Harl abrió la escotilla y salieron. La arena crujió bajo sus botas.

      Harl dio vuelta a la llave en la cerradura de la escotilla y enganchó el llavero a su cinturón.

      —Menudo problema si pierdo las llaves —comentó.

      Un viento frío soplaba sobre el desierto, ululaba entre las ruinas, levantando nubes de arena fina y áspera. Pese a sus gruesas ropas de abrigo, los exploradores del tiempo tiritaban.

      Harl tomó del brazo a Bill y señaló el horizonte, al este.

      Allí flotaba una inmensa bola de color rojo mate.

      Bill quedó atónito.

      —El Sol —comentó.

      —Sí, el Sol —corroboró Harl.

      Se miraron en la penumbra.

      —Entonces, no es el año siete mil quinientos sesenta y uno —balbuceó Bill.

      —No; seguramente es el setecientos cincuenta mil, o tal vez más.

      —Entonces, el indicador ha fallado.

      —Sí, ha fallado terriblemente. Hemos viajado a través del tiempo mil veces más rápido de lo que creíamos.

 

      Guardaron silencio y contemplaron el paisaje que los rodeaba. Sólo vieron ruinas que se elevaban centenares de metros sobre las arenas. Eran ruinas de nobles proporciones, la mayoría de las cuales expresaban un arte arquitectónico maravilloso, que el siglo veinte no habría sido capaz de crear. La piedra era de una blancura nívea y resplandecía maravillosamente bajo un crepúsculo que los débiles rayos de un gran Sol color ladrillo no conseguían despejar.

      —La escala de tiempo media milenios, y no años como creíamos —dijo Bill, pensativo.                                       

      Harl asintió con tristeza.

      —Es posible —agregó. Por lo que sabemos, igual ha registrado decenas de milenios.

      Un ser parecido a un perro, de pelaje gris opaco y de cola caída, se destacó un instante tras uno de los médanos y luego desapareció.

      —Éstas son las ruinas de Denver —afirmó Harl—. El mar que hemos visto debe cubrir todo el este de Norteamérica. Es posible que las Montañas Rocosas sean las únicas tierras no sumergidas, formando una zona desértica. Sí, tal vez hayamos recorrido setecientos

mil años, tal vez siete millones.

      —¿Y la raza humana? ¿Crees que queda alguien? —inquirió Bill.

      —Probablemente. El hombre es un animal resistente. No se deja matar así como así, y sabe adaptarse a prácticamente cualquier ambiente. Ten en cuenta que este cambio ha ocurrido poco a poco.

      Bill se volvió y su grito resonó en los oídos de Harl, quien le imitó.

      Una horda abigarrada de hombres corría hacia ellos, saltando sobre las dunas. Vestían pieles y, aunque no llevaban armas, cargaron sobre ambos con aparente intención hostil.

      Harl sacó rápidamente la pistola de su funda. Su fuerte mano aferró el arma y su dedo encontró el gatillo. El robusto revólver de seis tiros le comunicó una sensación de seguridad.

      Los hombres, con las pieles al aire por efecto de la carrera, estaban a menos de cien metros. Lanzaron alaridos terribles que helaban la sangre, y ya no hubo duda de que eran enemigos.

      No portaban armas. Harl sonrió. Les darían su merecido. El grupo estaba compuesto de unos cincuenta. Era mucha superioridad numérica, pero no demasiada.

      —Vamos a enviarles un regalo —le dijo a Bill.

      Los dos revólveres ladraron. Se produjo cierta confusión entre las filas de los atacantes, pero siguieron avanzando, dejando a dos de los suyos en el suelo. Los dos 45 volvieron a ladrar, escupiendo llamas.

      Algunos hombres se tambalearon, gritando, y cayeron. Los demás saltaron por encima de los caídos y siguieron corriendo. Parecía que nada podía detenerlos. Estaban a menos de quince metros.

      Las pistolas estaban descargadas. Ambos sacaron rápidamente cartuchos de los cinturones y las recargaron.

      Antes de que pudieran disparar, el grupo se abalanzó sobre ellos. Bill apuntó a la cara de un enemigo que corría y disparó. Tuvo que apartarse rápidamente para evitar que le derribase al caer. Un puño cerrado golpeó su cabeza, y Bill cayó de rodillas. En esa posición aún perforó a otros dos enemigos que lo acorralaban antes de que se precipitasen sobre él.

      Entre el tumulto oyó el rugido del arma de Harl.

      Sintió que le asían muchas manos y los cuerpos le aplastaban. Luchó ciega y desesperadamente.

      Peleó con las manos, con los pies y hasta con los dientes. Notó que algunos cuerpos caían bajo sus golpes, y que tenía sangre en las manos. La arena aventada por innumerables pies se le metió en la nariz y los ojos, ahogándolo casi, cegándolo.

      Dos metros más allá, Harl luchada lo mismo que su compañero. Como les habían arrebatado las armas, tuvieron que recurrir a las primitivas técnicas de lucha de sus antepasados.

      Les pareció que la batalla con sus agresores duraba minutos, pero en realidad no fueron sino segundos hasta que se vieron dominados por el número de adversarios, que les ataron fuertemente de manos y pies con correas, y los dejaron allí empaquetados, como dos pollos

preparados para el asador.

      —¿Estás herido, Bill? —preguntó Harl.

      —No —dijo Bill—. Un poco sobado nada más.

      —Yo también —aseguró Harl.

      Se tumbaron de espaldas y contemplaron el cielo. Sus enemigos se alejaron para agolparse alrededor del avión.

      Entonces oyeron fuertes golpes. Evidentemente, sus contrarios estaban tratando de forzar la escotilla del aparato.

      —Que golpeen —dijo Harl—. No podrán romper nada.

      —Las hélices —señaló Bill.

      Cuando se cansaron de golpear, los hombres regresaron, desataron los pies de los cautivos y los ayudaron a incorporarse.

      Así tuvieron oportunidad de contemplar a sus adversarios. Eran hombres altos, bien proporcionados, de miembros fuertes. Parecían bien alimentados. Por lo demás, tenían un aspecto manifiestamente primitivo. Llevaban el pelo burdamente cortado y barbas mal afeitadas. Se movían con indolencia, arrastrando los pies por la arena, con la actitud de quien lleva una existencia sin sentido. Vestían pieles bien curtidas, pero no demasiado limpias. No llevaban armas y su mirada era la de unos seres furtivos, temerosos e inquietos, como bestias de caza siempre al acecho del peligro.

      —¡Andando! —dijo uno, un tipo alto, de saliente dentadura. Esa única palabra fue pronunciada en inglés, con una pronunciación algo distinta de la del siglo veinte, pero en buen inglés.

      Echaron a andar, flanqueados por los desconocidos, quienes les condujeron hacia la dirección por donde habían llegado los hombres del futuro. Pasaron junto a los muertos sin hacer caso; los camaradas de los caídos dejaron atrás los cuerpos exánimes sin dirigirles apenas una mirada. Por lo visto, la vida de un hombre no valía gran cosa en aquel lugar.

 

 

2

 

Ordenes de Golan-Kirt

 

      Caminaron entre ruinas monstruosas. Los hombres conversaban entre sí y, aunque lo hacían en inglés, empleaban muchas palabras desconocidas y hablaban con tan mal acento, que los dos prisioneros apenas les entendían.

      Llegaron a lo que parecía una calle entre hileras de ruinas. En ese momento aparecieron otros humanos, entre ellos mujeres y niños. Todos miraban a los cautivos y chapurreaban excitadamente.

      —¿A dónde nos llevan? —preguntó Bill al que caminaba a su lado. El hombre se pasó los dedos por la barba y escupió en la arena.

      —Al circo —respondió, hablando despacio para que el hombre del siglo veinte pudiera comprender sus palabras.

      —¿Para qué? —silabeó Bill a su vez.

      —Los juegos —dijo lacónico el hombre, como si le molestaran las preguntas.

      —¿Qué son los juegos? —inquirió Harl.

      —Pronto lo sabrás. Hoy a mediodía es el espectáculo —gruñó otro.

      La respuesta provocó una brutal carcajada entre los demás.

      —Lo sabrán cuando se enfrenten con los esbirros de Golan-Kirt —cacareó una voz.

      —¡Los esbirros de Golan-Kirt! —exclamó Harl.

      —¡Quieta esa lengua! —espetó el hombre de la dentadura saliente—, o te la arrancaremos de la boca.

      Los dos viajeros del tiempo no hicieron más preguntas.

      Avanzaron. Aunque la arena estaba apisonada, hacía dificultosa la marcha, y les dolían las piernas. Afortunadamente, los hombres del futuro no apretaron el paso y parecían tomarse el asunto con calma.

      Un nutrido grupo de niños acompañaba la procesión, contemplando a los hombres del siglo veinte y haciendo burla de ellos con sus voces estridentes. Cuando se acercaban demasiado o molestaban con sus gritos, eran empujados a un lado por los guardias.

      Luego treparon durante unos quince minutos por una pendiente arenosa. Al llegar arriba vieron el circo, que se alzaba en una hondonada. Se trataba de un gran ruedo descubierto que, al parecer, se había salvado de la destrucción sufrida por el resto de la ciudad. Se habían hecho reparaciones en él, como ponía de manifiesto la tosquedad de la obra en algunos lugares.

      Aquella construcción circular tendría un diámetro de unos ochocientos metros. Era de piedra totalmente blanca, como el resto de la ciudad en ruinas.

      Los dos hombres del siglo veinte lanzaron una exclamación al comprobar sus dimensiones descomunales.

      Pero no tuvieron mucho tiempo para contemplar el edificio, pues sus adversarios los obligaron a seguir. Bajaron poco a poco hacia el edificio y, conducidos por los hombres del futuro, pasaron por uno de los grandes arcos de la entrada al interior del ruedo.

      La arena estaba rodeada de gradas capaces para muchos miles de espectadores. Al otro lado del ruedo se distinguía una hilera de jaulas de acero, emplazadas debajo del graderío.

      Los hombres del futuro los apremiaron para que siguieran avanzando.

      —Está visto que nos van a encerrar —comentó Bill.

      El de la dentadura saliente rió como si hubiera oído un chiste magnifico.

      —No será por mucho tiempo —dijo.

      Cuando se acercaron a las jaulas vieron que algunas estaban ocupadas. Los hombres se aferraban a los barrotes para ver mejor al grupo que cruzaba el círculo de arena. Otros se quedaron sentados, sin prestar atención, observando a los que se acercaban con escaso o nulo interés. Los hombres del siglo veinte repararon en que muchos mostraban señales de un prolongado encarcelamiento.

      La columna hizo alto ante una de las celdas. Uno de los hombres del futuro se acercó a la puerta de la jaula y la abrió con una gran llave. Mientras la puerta rechinaba sobre sus goznes oxidados, los demás se apoderaron de los hombres del siglo veinte, les desataron las manos y los empujaron sin miramientos al interior de la prisión. La puerta hizo un ruido hueco y retumbante, y la llave chirrió en la cerradura.

      Se levantaron de entre la suciedad y la basura que cubrían el suelo de la celda, agachándose para observar a los hombres del futuro, que cruzaban el ruedo para luego volverse por donde habían venido.

      —Estamos lucidos, me parece —comentó Bill.

      Harl sacó un paquete de cigarrillos.

      —Enciende —dijo gruñonamente.

      Encendieron los cigarrillos. El humo de un tabaco cosechado en 1935 flotó sobre la celda, elevándose por encima de las ruinas de lo que había sido la ciudad de Denver, sobre la cual brillaba un sol moribundo.

      Fumaron y luego apagaron los cigarrillos en la arena. Harl se puso en pie e inició una minuciosa inspección de la celda. Bill lo imitó. La examinaron centímetro a centímetro, pero era inexpugnable. Con excepción de la puerta de hierro, estaba hecha de gruesa mampostería. Un repaso a la puerta de hierro tampoco les dio más esperanzas. Volvieron a agacharse.

      Harl consultó su reloj de pulsera.

      —Hace seis horas que llegamos —dijo— y, a juzgar por la longitud de las sombras, todavía es de mañana, y eso que el sol estaba bastante alto cuando llegamos.

      —Los días son más largos que en mil novecientos treinta y cinco —explicó Bill—. La Tierra gira más despacio. Tal vez aquí los días sean de treinta y cuatro horas, o aún más largos.

      —¡Escucha! —exclamó Harl en voz baja.

      Unas voces llegaban a sus oídos. Escucharon atentamente. El áspero rechinar del acero se confundía con el ruido de voces, que parecían provenir del lado derecho e iban acercándose.

      —¡Si tuviéramos nuestras armas! —gimió Harl.

      El clamor estaba cerca, y parecía haber llegado casi a su lado.

      —Son los prisioneros —jadeó Bill—. Debe ser la hora del rancho, o algo por el estilo.

      Su suposición era acertada.

 

      Un anciano apareció frente a la puerta. Iba encorvado, y una larga barba blanca caía sobre su flaco pecho. Su larga cabellera ondeaba majestuosamente hasta los hombros. En una mano llevaba un cántaro de cuatro litros de capacidad y una gran hogaza de pan.

     Pero Harl y Bill no se fijaron en el pan ni en el cántaro. En su taparrabos, junto a un macizo llavero, llevaba las dos pistolas.

      Dejó en el suelo el cántaro y la hogaza, e hizo sonar las llaves. Eligió una y abrió una especie de gatera en la parte inferior de la puerta, por donde introdujo en la celda el cántaro y el pan.

      Los dos prisioneros cambiaron una mirada. A ambos se les había ocurrido la misma idea. Cuando el anciano se acercase a la puerta, bastaría sujetarlo. Si lograban apoderarse de sus armas, tendrían una posibilidad de abrirse paso hasta la nave.

      Entonces vieron que el anciano se sacaba las armas del taparrabos.

      Los viajeros del tiempo, sorprendidos, contuvieron la respiración cuando vieron que las colocaba junto al cántaro y la hogaza de pan.

      —Órdenes de Golan-Kirt —murmuró a modo de explicación—. Ha venido en persona a presenciar los juegos. Ordenó que las armas fueran devueltas. Darán más interés a los juegos.

      —¡Más interés! —se burló Harl, meciéndose lentamente sobre las puntas de los pies.

      Los hombres del futuro parecían no poseer ninguna clase de armas, y por lo visto menospreciaban el mortífero poder de las de fuego.

      —¿Golan-Kirt? —preguntó Bill, aparentando indiferencia.

      El anciano pareció notar su presencia por primera vez.

      —Sí —repuso—. ¿No sabéis nada de Golan-Kirt? ¿El-que-vino-del-Cosmos?

      —No —dijo Bill.

      —Entonces ¿será verdad lo que ha llegado a mis oídos acerca de vosotros? —preguntó el anciano.

      —¿Qué has oído?

      —Que vinisteis del tiempo —replicó el anciano—, en una gran máquina.

      —Es verdad —explicó Mari—. Somos del siglo veinte.

      El viejo meneó lentamente la cabeza.

      —No sé nada del siglo veinte.

      —¡Tú qué vas a saber! —exclamó Harl—. Ha debido pasar cerca de un millón de años.

      El anciano volvió a menear la cabeza.

      —¿Años? —preguntó—. ¿Qué son años?

      Harl se quedó sin habla.

      —El año es una medida de tiempo —explicó luego.

      —El tiempo no puede medirse —afirmó el anciano muy convencido.

      —Los del siglo veinte lo medimos —objetó Harl.

      —El que crea que puede medir el tiempo es un tonto —el hombre del futuro no daba su brazo a torcer.

      Harl alargó la mano con la palma hacia abajo, y mostró su reloj de pulsera.

      —Esto mide el tiempo —declaró.

      El anciano apenas se molestó en mirar.

      —Eso es una tontería de máquina, y no tiene nada que ver con el tiempo —dijo.

      Bill le tocó el brazo a su amigo para advertirle que no insistiera.

      —Un año —explicó, hablando despacio— es la palabra que empleamos para designar una revolución de la Tierra alrededor del Sol.

      —Conque eso es lo que significa —dijo el anciano—. ¿Por qué no lo decías desde el principio? No obstante, el movimiento de la Tierra no depende del tiempo. El tiempo es meramente relativo.

      —Somos de una época en que la Tierra era muy distinta —agregó Bill—. ¿Sabrías decirnos cuántas revoluciones ha dado la Tierra desde entonces?

      —¿Cómo puedo hacerlo, si hablamos con palabras que nadie entiende? —preguntó el anciano—. Sólo puedo deciros que, desde que Golan-Kirt llegó del Cosmos, la Tierra ha descrito su círculo alrededor del Sol más de cinco millones de veces.

      ¡Cinco millones de veces! ¡Cinco millones de años! Cinco millones de años a contar desde un acontecimiento que ellos no conocían, y que quizá no ocurrió sino varios millones de años después del siglo veinte. ¡Cinco millones de años en el futuro, como mínimo, y sin

poder averiguar cuántos más!

      El cuadrante había fallado. ¡Hasta aquel momento no habían imaginado ni siquiera remotamente hasta qué punto les engañó!

      El siglo veinte. Esa expresión tenía un sonido remoto, un significado irreal. En aquella era, donde el Sol era una bola color ladrillo y la ciudad de Denver un montón de ruinas, el siglo veinte no representaba sino un instante olvidado en la gran marcha del tiempo, algo tan lejano como la era en que el hombre se diferenció de los animales.

      —¿El Sol ha estado siempre así? —preguntó Harl.

      El anciano negó con la cabeza.

      —Nuestros sabios cuentan que en otra época el Sol era tan ardiente que dañaba los ojos. También dicen que se está enfriando, y que en el futuro no dará luz ni calor —el anciano se encogió de hombros—. Claro que todos los hombres habrán muerto antes de que eso suceda.

      El anciano cerró el postigo y le echó llave. Cuando se volvía para alejarse, Harl le gritó:

      —¡Espera!

      El viejo los miró.

      —¿Qué quieres? —gruñó por entre sus barbas, medio enojado.

      —Siéntate, amigo —pidió Harl—. Nos gustaría hablar un rato más contigo.

      El viejo vaciló, hizo intención de irse y luego se quedó.

      —Somos de la época en que el Sol dañaba los ojos. Hemos conocido Denver como una gran ciudad floreciente. En esta tierra hemos visto crecer la hierba y caer la lluvia. Donde ahora está el mar, había extensas llanuras —dijo Harl.

      El anciano se dejó caer sobre la arena frente a la celda. Sus ojos brillaban de curiosidad febril, y se aferró a los barrotes de hierro con sus descarnadas manos.

      —¡Habéis conocido la juventud del mundo! —gritó—. Conocisteis la hierba verde y la lluvia. Aquí casi nunca llueve.

      —Todo eso hemos visto —le aseguró Harl—. Pero nos gustaría saber por qué nos han tratado como a enemigos. Veníamos en son de paz, creyendo hallar amigos, aunque prevenidos para la guerra.

      —¡Ay! Prevenidos para la guerra... —dijo el anciano con voz temblorosa, mirando las pistolas—. Ésas son armas nobles. He sabido que sembrasteis la playa de muertos antes de que os prendieran.

      —Pero, ¿por qué no fuimos tratados como amigos? —insistió Harl.

      —Aquí no hay amigos —cacareó el viejo—. No los hay desde que llegó Golan-Kirt. Todos somos enemigos los unos de los otros.

      —¿Quién es Golan-Kirt?

      —Golan-Kirt descendió del Cosmos para gobernar el mundo —respondió el viejo como si recitara una lección—. No es Hombre ni Bestia. Desconoce el bien. Odia y odia. Es el Mal en estado puro. Porque, al fin y al cabo, no hay amistad ni bondad en el Universo. Nada demuestra que el Cosmos sea benévolo. En tiempos, nuestros antepasados creían en el amor. Era una falacia. El Mal es más fuerte que el Bien.

      —Dime, ¿has visto alguna vez a Golan-Kirt? —preguntó Bill, acercándose a los barrotes.

      —Si, por desgracia.

      —Háblanos de él —lo apremió Bill.

      —No puedo —había un pánico cerval en los ojos del anciano—. ¡No puedo!

      Se acercó a la puerta, y su voz se convirtió en un susurro temeroso:

      —Voy a deciros una cosa, peregrinos del tiempo. Él es odiado porque predica el odio. Le obedecemos porque no hay más remedio. Domina nuestras mentes a su antojo. Nos gobierna únicamente por medio de la sugestión. No es inmortal. Teme a la muerte... tiene miedo. Hay recursos, si se hallase a alguien con el valor...

      El rostro del anciano palideció y una expresión de horror asomó a su mirada. Sus músculos se agarrotaron y sus manos se aferraron como garfios a los barrotes. Se derrumbó contra la puerta, ahogándose.

      Le oyeron susurrar débilmente, con palabras entrecortadas:

      —Golan-Kirt... vuestras armas... no creáis nada... cerrad vuestras mentes a toda sugestión... —Se detuvo, exhausto, y haciendo un esfuerzo prosiguió con voz débil—: He luchado... he vencido... he conseguido hablar... él... me ha matado... con vosotros no podrá... ahora que... sabéis... —El anciano estaba a punto de morir. Con los ojos muy abiertos vieron cómo luchaba por ganar tiempo—. Vuestras armas... lo matarán... para alguien que no... cree en él... será fácil matarlo... él es un...

      El hilo de voz se quebró y el viejo cayó lentamente sobre la arena, delante de la celda.

      Los expedicionarios contemplaron el cuerpo caído.

      —¡Muerte por sugestión! —exclamó Harl.

      Bill asintió.

      —Era un hombre valiente —dijo.

      Harl miró con atención el cadáver. Sus ojos se animaron al ver el llavero. Arrodillándose, alargó el brazo y tiró del cadáver. Sus dedos alcanzaron el llavero y lo arrancaron del cinto.

      —Nos vamos a casa —dijo.

      —Y antes de irnos daremos cuenta del Gran Jefe —agregó Bill.

      Recogió las armas del suelo y metió cartuchos nuevos en los tambores. Harl hizo sonar las llaves y fue probándolas hasta acertar con la que servía. La cerradura rechinó v la puerta se abrió con estrépito.

      Salieron rápidamente de la celda. Hicieron alto un momento ante el cadáver del anciano, en silencioso homenaje. Los hombres del siglo veinte se quitaron los cascos para rendir honores a un hombre que había sido un héroe, que había arrojado su odio a la cara de aquella terrible entidad que predicaba el odio. Aunque el aviso del anciano no había sido muy explícito, los ponía en guardia y les indicaba lo que debían evitar.

      Al volverse, lanzaron una involuntaria exclamación de sorpresa. Un gran número de hombres del futuro estaban entrando en el circo y se apresuraban a ocupar sus asientos. Un inmenso clamor —la voz de las multitudes— llegó a sus oídos. El populacho se congregaba

para presenciar los juegos.

      —Esto puede complicar las cosas —dijo Bill.

      —No lo creo —respondió Harl—. El que cuenta es Golan-Kirt. De todos modos tendremos que vérnoslas con él. Esa gente no importa. He creído entender que ejerce un poder absoluto sobre ellos. Al eliminar ese poder, tal vez cambiarán las costumbres y la psicología de esos hombres del futuro.                             

      —Así, lucharemos contra Golan-Kirt y luego veremos qué pasa —agregó Bill.

      —El hombre que nos capturó dijo algo de sus esbirros —comentó Harl, pensativo.

      Puede que sea capaz de provocar alucinaciones —aventuró Bill—. Tal vez puede hacerles creer en algo que no existe. En ese caso, la gente creería naturalmente que son criaturas que están a su disposición.

      —Pero el viejo lo sabía —objetó Harl—. Sabía que todo era mera sugestión. Si toda esa gente lo supiera, la tiranía de Golan-Kirt concluiría bruscamente. Dejarían de creer en su omnipotencia. Sin esa fe, la sugestión que le permite dominar resultaría imposible.

      —El anciano lo supo de algún modo misterioso, y pagó con su vida por divulgarlo —afirmó Bill—. Pero no lo sabía todo. Creía que esa entidad procede del Cosmos.

      Harl meneó la cabeza, pensativo.

      —Tal vez sea cierto que llegó del Cosmos. Recuerda que estamos a cinco millones de años en el futuro, como mínimo. Supongo que será de gran inteligencia. Es un ser material, pues el anciano afirmó que lo había visto; eso facilitará nuestra tarea.

      —El anciano dijo que no era inmortal —comentó Bill—. Por tanto, es vulnerable y tal vez nuestras armas puedan dar cuenta de él. Y otra cosa: no vamos a creer nada de lo que podamos sentir, oír o ver. Parece que él domina por medio de la sugestión, exclusivamente. Intentará matarnos por sugestión, como mató al anciano.

      Harl asintió.

      —Es cuestión de fuerza de voluntad —dijo—. Una cuestión de cerebro y fanfarronería. Es evidente que la fuerza de voluntad de estas personas ha degenerado, y a Golan-Kirt le resulta fácil dominar sus mentes. Nacen, viven y mueren bajo su influencia. El aceptar su poder casi ha llegado a ser hereditario. Poseemos la ventaja de venir de una edad en que los hombres estaban obligados a utilizar su propio cerebro. Tal vez la mente humana degeneró debido a que, mientras la ciencia aumentaba la comodidad de la vida, disminuía la necesidad de pensar. Tal vez queden aún algunas mentes lúcidas, pero está claro que deben ser pocas. Nosotros somos desconfiados, intrigantes, fanfarrones. A Golan-Kirt le resultaremos más duros de pelar que los hombres del futuro.

 

 

3

 

La lucha de las edades

 

      Bill sacó los cigarrillos y ambos fumaron. Cruzaron poco a poco el enorme ruedo, con las pistolas en la derecha. La gente seguía entrando y las gradas se llenaban.

      Un rugido surgió del graderío que tenían en frente. Lo reconocieron. Era el grito de la plebe, el grito que pedía sangre, la expresión del deseo de presenciar una buena pelea.

      Harl sonrió.

      —Ahí tenemos a nuestros hinchas —comentó.

      Cada vez llegaban más espectadores al ruedo, pero resultaba evidente que los habitantes de la ciudad en ruinas no llegarían a ocupar sino una parte muy pequeña del inmenso circo.

      Los dos parecían perdidos en aquel enorme espacio. Sobre ellos, casi en el cenit, se veía el gran sol rojo. Los exploradores del tiempo parecían caminar por un desierto en penumbra limitado por enormes precipicios blancos.

      —Denver debía ser una gran ciudad cuando se construyó este edificio —comentó Bill—. Figúrate cuántas personas cabrían ahí. ¿Adivinas para qué les serviría?

      —Probablemente no lo sabremos nunca —respondió Harl.

      Habían llegado aproximadamente al centro del ruedo.

      Harl se detuvo.

      —He pensado una cosa —dijo—. Me parece que tendremos buenas probabilidades contra Golan-Kirt. Durante los últimos quince minutos, todos nuestros pensamientos lo han desafiado abiertamente, pero no ha intentado aniquilamos. Es posible que esté esperando su oportunidad. Pero empiezo a creer que no puede leer en nuestras mentes como en la del anciano. Lo mató tan pronto como pronunció una palabra de traición.

      Bill asintió.

      Como en respuesta a lo que había dicho Harl, se sintieron agobiados por un gran peso. Bill notó que se apoderaba de él una enfermedad mortal. Le temblaron las rodillas y la cabeza le dio vueltas. Veía manchas que bailaban ante sus ojos y un dolor terrible agarrotó su estómago.

     Dio un paso y se tambaleó. Una mano lo tomó del hombro y lo sacudió con fuerza. La sacudida despejó momentáneamente su cerebro. A medida que se disipaba el velo que nublaba sus ojos, pudo ver el rostro de su amigo, una cara pálida y arrugada.

      Los labios de la cara se movieron:

      —Anímate, viejo. No te pasa nada. Te encuentras bien.

      Le pareció que algo crujía dentro de su cráneo. Era sugestión, la sugestión de Golan-Kirt. Eso era... Tenía que luchar contra ella. Plantó los pies en la arena, irguió los hombros con un esfuerzo y sonrió.

      —No, diantre —dijo—. No me encuentro mal. Estoy bien.

      Harl le palmeó la espalda.

      —Esa es la idea —rugió—. Por un instante casi pudo conmigo. Hay que combatirlo, chico. Hay que luchar.

      Bill lanzó una carcajada. Tenía la cabeza despejada y notaba que sus fuerzas retomaban. ¡Habían ganado el primer asalto!

      —Pero, ¿dónde está ese Golan-Kirt? —barbotó.

      —No se deja ver —espetó Harl—, pero mi teoría es que así no puede montar sus mejores trucos. Le obligaremos a presentarse, y entonces haremos el trabajo.

      Oyeron el frenético aullido de la multitud. El público había visto y apreciado el pequeño drama que se había desarrollado en medio del ruedo. Y gritaban pidiendo más.

      De repente, sonó a sus espaldas un espantoso tableteo.

      Les sorprendió. Conocían ese sonido. Era el tableteo de una ametralladora. En seguida se arrojaron al suelo, apretando los cuerpos contra la arena e intentando cubrirse.

      A su alrededor se levantaron pequeños surtidores de arena. Bill sintió un dolor intenso en el brazo. Una de las balas lo había alcanzado. Era el fin. En aquella extensión despejada no había escondrijo que los protegiera de la ametralladora que ladraba burlonamente a sus espaldas. Otro balazo abrasó su pierna. Le habían dado otra vez.

      Entonces se echó a reír, a reír salvajemente. No había ametralladora ni balas. Todo era sugestión. Un truco para hacerles creer que los estaban asesinando... lo cual, si se conseguía plenamente, podía matarlos en efecto.

      Forcejeó para ponerse de rodillas, arrastrando a Harl. El brazo y la pierna seguían doliéndole, pero no hizo caso. Se dijo enérgicamente que no tenía nada en ellos, que no pasaba absolutamente nada.

      —Es la sugestión otra vez —le gritó a Harl—. No existe ninguna ametralladora.

      Harl asintió. Volvieron a ponerse en pie y se. volvieron. Allí, a sólo doscientos metros de distancia, una figura vestida de uniforme pardo se agazapaba tras una ametralladora que tableteaba amenazadoramente, y de cuya boca salía una llama roja.

      —Eso no es una ametralladora —silabeó Bill.

      —¡Claro que no es una ametralladora! —dijo Harl como si se lo aprendiera de memoria.

      Se acercaron poco a poco al arma llameante. Aunque las balas parecían silbar a su alrededor, ninguna les acertó. El dolor en la pierna y el brazo de Bill había desaparecido.

El arma se esfumó de repente, lo mismo que la figura de uniforme. Visto y no visto, en una fracción de segundo.

      —Estaba seguro de que así sería —comentó Bill.

      —Pero va mejorando, el tío —replicó Harl—. Ahí tienes más sugestión.

      Harl señaló una de las bóvedas de acceso. Por ella entraban hileras de soldados, vestidos de color caqui, con cascos metálicos en las cabezas, y fusiles al hombro. Un oficial dio una breve orden, y la tropa empezó a desplegarse por el terreno.

      La sonora llamada de una tuba distrajo a los dos viajeros del tiempo. Por otro acceso desfilaba una cohorte de legionarios romanos. Los escudos brillaban bajo el sol, y el ruido de armas podía oírse con toda claridad.

      —¿Sabes qué creo? —preguntó Harl.

      —¿Qué?

      —Que Golan-Kirt no puede sugerirnos nada original. Las ametralladoras, los soldados y los legionarios son cosas que ya conocíamos.

      —¿Cómo vemos todo eso, si sabemos que no existe? —inquirió Bill.

      —No me lo explico —respondió Harl—. En este asunto hay muchas cosas raras que no logro comprender.

      —Sea como fuere, la multitud está presenciando un buen espectáculo —observó Bill.

      El público estaba en la gloria. A los oídos de ambos llegaron los agudos chillidos de las mujeres, los roncos gritos de los hombres. El populacho lo estaba pasando realmente bien.

      Un león grande y feroz, después de lanzar un salvaje rugido, saltó cerca de los dos hombres. Un fragor de herraduras anunció la llegada de más criaturas imaginarias.

      —Ha llegado el momento de tomar la iniciativa —dijo Harl.

      Levantó la pistola y disparó al aire. Se hizo el silencio.

      —¡Atención, Golan-Kirt! —rugió Harl con una voz que se oía hasta el último rincón del circo. Te desafiamos a un combate cara a cara. No tememos a tus criaturas. No pueden hacernos daño. Queremos luchar contigo.

      El populacho guardó silencio, sobrecogido. Por primera vez, su dios era desafiado abiertamente. Aguardaron a que las dos figuras solitarias del ruedo quedaran reducidas a pavesas.

      Sin embargo, no fueron castigados.

      La voz de Harl volvió a alzarse.

      —¡Sal de tu escondite, sapo barrigón! —atronó—. ¡Acércate y lucha si tienes valor, sucio cobarde, miserable!

      Tal vez la multitud no comprendiera el significado exacto de las palabras, pero el tono de voz evidenciaba el insulto. Un murmullo amenazador se elevó de las gradas y hubo una avalancha repentina de la multitud. Algunos hombres saltaban la barrera y corrían por la arena.

      Entonces se oyó una voz sonora, grave y poderosa:

      —Deteneos —dijo—. Yo, Golan-Kirt, me ocuparé de esos hombres.

      Harl notó que los soldados y el león" habían desaparecido. Nada quedaba en el ruedo, salvo él, su compañero y la veintena de hombres del futuro, que se habían detenido al oír la voz surgida de la nada.

      Esperaron, tensos. Harl acomodó los pies en una posición más firme. Cargó su arma, reponiendo el cartucho disparado. Bill se secó la frente con la manga del abrigo.

      —Ahora van a luchar los cerebros —le comunicó Harl a su amigo.

      Bill sonrió afirmativamente.

      —Dos inteligencias mediocres contra un genio —bromeó.

      —¡Mira, Bill! —gritó Harl.

      Frente a ellos, y un poco más arriba de sus cabezas, había aparecido un foco de luz, una bolita de claridad en la atmósfera sombría. Creció poco a poco y dieron comienzo las vibraciones.

      Ambos miraron, fascinados. Las vibraciones aumentaron y la luz se estremeció. A medida que aquéllas se intensificaban, la luz se desvaneció y comenzó a tomar forma un objeto monstruoso. Al principio sólo fue posible verlo vagamente. Pero luego fue haciéndose nítido, comenzó a adquirir una forma definida.

      Colgando del aire, suspendido sin medio visible de apoyo, se veía un cerebro gigantesco de unos sesenta centímetros de diámetro. Un cerebro desnudo, con las circunvoluciones al aire. Era algo fantasmal.

      Pero lo más horrible eran sus dos ojos minúsculos, como de cerdo, sin pestañas, muy juntos, y el pico curvo directamente situado debajo de la zona frontal del cerebro, descansando en lo que al parecer constituía un rostro atrofiado.

      Sus dos adversarios quedaron estupefactos, pero mediante un tremendo esfuerzo pudieron mantener el dominio de sí mismos.

      —Te saludamos, Golan-Kirt —arrastró las palabras Harl, con acento de sarcasmo.

      Mientras hablaba, levantó el brazo y, bajo la presión del dedo, el percutor del arma se alzó poco a poco. Pero antes de que pudiera apuntar el cañón de la pistola hacia el gran cerebro, el brazo se detuvo y Harl se quedó como congelado, rígido por el espeluznante

poder que irradiaba Golan-Kirt.

      Bill actuó con rapidez y su 45 rompió el silencio con súbito estampido. Sin embargo, mientras disparaba, su brazo fue desviado a un lado como si hubiera recibido un fuerte golpe, y la bala silbó a menos de un centímetro del gran cerebro.

      —Tontos presuntuosos —rugió una voz que, sin embargo, no era una voz, pues no hubo sonido, sino una mera sensación auditiva.

      La pareja, que estaba rígidamente de pie, como en posición de firmes, comprendió que aquello era telepatía: el cerebro les enviaba poderosas emanaciones.

      —Tontos presuntuosos, ¿queréis luchar contra mí, contra Golan-Kirt, que poseo multiplicado por cien el poder mental de vuestros dos cerebros sumados? ¿Contra mí, que poseo la sabiduría de todas las edades?

      —Lucharemos —espetó Harl—. Vamos a combatirte. Sabemos lo que eres. No has venido del Cosmos. Eres un espécimen de laboratorio. En un pasado ignoto fuiste obtenido bajo condiciones artificiales. No eres inmortal. Tienes miedo de nuestras armas. Una bala en ese asqueroso cerebro acabará contigo.

      —¿Quiénes sois vosotros para juzgar? —llegó la onda de pensamiento—. ¡Vosotros, con vuestro minúsculo cerebro del siglo veinte! Habéis llegado a mi época sin que nadie os llamase, me habéis desafiado. Os destruiré. Yo, que vine del Cosmos hace muchos evos para gobernar la parte del Universo que se me antojase, no os temo ni temo a vuestras ridículas armas.

      —Pero nos detuviste cuando nos disponíamos a usarlas contra ti. Si pudiera alcanzarte, ni siquiera las necesitaría. Podría despedazarte, destruirte con sólo la fuerza de mis manos.

      —Continúa —murmuró la onda de pensamiento—. Di lo que opinas que soy, y cuando hayas terminado te destruiré. Serás polvo flotando en el aire, ceniza sobre las arenas.

      Había un tono de burla nada disimulado en las manifestaciones del cerebro.

      Harl alzó la voz, casi gritó. Lo hacía de intención, esperando que los hombres del futuro oyeran y comprendieran, antes de que fuese demasiado tarde, la verdadera naturaleza del tirano Golan-Kirt. Oyeron, y abrieron la boca mientras escuchaban azorados.

      —En otra época tú fuiste un hombre —vociferó Harl—, un gran científico. Estudiaste el cerebro, te especializaste en ese tema. Por último, descubriste un gran secreto que te permitía desarrollar el cerebro hasta un grado inusitado. Seguro de tu técnica y comprendiendo el poder de que ibas a disfrutar, te transformaste en una criatura cerebral. Eres un tramposo y un impostor. Has sojuzgado a este pueblo durante millones de años. No vienes del Cosmos... Eres un hombre, o lo fuiste en otra época. Eres un atrocidad, una abominación...

      Las emanaciones del cerebro vibraron como cargadas de ira.

      —Mientes. He venido del Cosmos. Soy inmortal. Te mataré... te mataré.

      De súbito, Bill se echó a reír, lanzó una carcajada estentórea. Lo hizo para aliviar su tensión pero, mientras reía, se le ocurrió que la situación era ridícula: allí estaban ellos, viajeros del siglo veinte adelantados en millones de años a su época, forcejeando con un tramposo que se proclamaba dios de un pueblo que no nacería hasta mucho después de que él hubiera muerto.

      Notó que el horrible poderío de Golan-Kirt se concentraba en él. El sudor corrió por su rostro y su cuerpo tembló. Sintió que lo abandonaban sus fuerzas.

      Dejó de reír. Cuando lo hizo, un relámpago cruzó por su mente. Experimentó una especie de vértigo. ¡La risa! ¡La risa, eso era! ¡La risa y el ridículo! Ésas eran las armas.

      —Ríe, estúpido. ¡Ríe! —le gritó a Harl.

      Harl obedeció, sin comprender.

      Ambos se retorcieron de risa. Rieron a mandíbula batiente.

      Bill, sin saber apenas lo que hacía, casi involuntariamente, le dijo cosas horribles al gran cerebro, lo denigró, lo vituperó, le gritó insultos insufribles.

      Harl comenzó a comprender. Bill estaba jugando muy fuerte. Un egoísmo tan grande como el que afectaba a aquel cerebro enemigo suyo sería incapaz de soportar el ridículo, perdería su fuerza ante una acometida de burlas. Por medio de algún poder milagroso, había vivido incontables siglos rodeado siempre de los más altos honores. La burla era algo que ignoraba, un arma terrible que lo golpeaba por sorpresa.

      Harl se unió a Bill y se mofó de Golan-Kirt. Fue un gran carnaval burlesco. No se daban cuenta de las palabras que pronunciaban. Reaccionaban ante el peligro, y de un modo mecánico sus lenguas pronunciaban vituperios inimaginables.

      Entre una frase y otra reían, aullaban de satánica alegría.

      Mientras tanto, notaban el poder del cerebro. Percibieron que su ira aumentaba ante las ofensas. Sus cuerpos se retorcían de dolor, deseaban dejarse caer en la arena y revolcarse en la agonía, pero siguieron riendo, gritando burlas.

      Les pareció que la lucha contra Golan-Kirt duraba una eternidad, pero ellos no dejaban de aullar de risa, mientras sufrían sutiles torturas de pies a cabeza. Pero no se atrevieron a dejar de reír, a interrumpir su espantosa burla, a no mofarse de la enorme inteligencia que era su adversario. Era el único recurso. Sin él, las ondas envolventes de sugestión que se volcaban con furia implacable sobre ellos habrían destrozado hasta el último nervio de sus cuerpos.

      Captaron el furor del gran cerebro. Estaba literalmente enloquecido de ira. ¡Lo estaban fastidiando! Lo ridiculizaban a más no poder.

      Sin darse cuenta dejaron que el nivel de la risa disminuyera. Era tanto su cansancio, que dejaron reinar el silencio.

      De improviso, sintieron que la terrible fuerza del cerebro se había renovado, como si dispusiera de alguna misteriosa fuerza de reserva. Los abatió como un rayo, doblándolos, empañando su visión, embotando sus mentes, atormentando todos los nervios y articulaciones.

      Hierros al rojo vivo parecieron abrasarlos, cientos de agujas parecieron clavarse en su carne, afilados puñales parecieron rasgar su cuerpo. Cayeron, ciegos, inermes, barbotando insultos, gritando de dolor.

      A través de la roja niebla de dolor oyeron un susurro, una voz suave y encantadora, un murmullo que los llamaba, que les mostraba un camino de salvación.

      —Volved las armas contra vosotros mismos. Poned fin a esta tortura. La muerte es el descanso.

      El susurro cosquilleaba en sus cerebros. ¡Ésa era la solución! ¿Para qué soportar aquella tortura interminable? La muerte era el descanso. El cañón contra la sien, una pequeña presión sobre el gatillo, el olvido.

 

      Bill apoyó el arma contra la sien. Su dedo se doblegó sobre el gatillo. Se echó a reír. Aquello si que era una broma. Una broma de primera. Ganarle a Golan-Kirt con sus propias cartas.

      Otra voz trató de imponerse a su risa. Era Harl:

      —¡Idiota! ¡Es Golan-Kirt! ¡Es Golan-Kirt, estúpido!

      Vio que su amigo se tambaleaba hacia él, vio su rostro retorcido de dolor, vio el movimiento de los labios lívidos cuando gritaron la advertencia.

      Bill dejó caer la mano a un costado. Incluso mientras seguía riendo locamente, se sintió presa de la desazón. El cerebro monstruoso había jugado su carta de triunfo y había perdido, pero estuvo a punto de acabar con él. De no ser por Harl, ahora estaría tendido sobre la arena con la cabeza destrozada.

      Entonces se dieron cuenta de que el poder del cerebro fallaba, de que su fuerza vacilaba y decaía. ¡Lo habían derrotado!

      Intuyeron el gigantesco esfuerzo que realizaba el gran cerebro, la lucha por recuperar el dominio perdido.

      Durante infinidad de años había vivido sin luchar, sin que nadie discutiera su derecho a gobernar el mundo. Comprendieron la rabia inútil y el miedo devastador que agitaban las circunvoluciones de Golan-Kirt.

      Pero al fin había sido derrotado por hombres de una edad olvidada. La derrota le había sido infligida por el ridículo, algo que no conocía, que jamás sospechó.

      Su fuerza disminuía sin cesar. Los hombres del siglo veinte sintieron que el poder del cerebro se alejaba de ellos, captaron la desesperación que lo dominaba.

      Dejaron de reír, traspasados de calambres y afónicos. Entonces lo oyeron. El ruedo hacía eco a la risa. La multitud reía. El clamor llegó como un tremendo rugido hasta ellos. Los hombres del futuro vociferaban, agachados, pataleando, echando hacia atrás las cabezas, alzando la voz al negro cielo. Se mofaban de Golan-Kirt, le gritaban insultos, lo abucheaban. Aquel fue el fin de su dictadura.

      Durante generaciones, los hombres del futuro le habían odiado con el mismo odio que él les enseñó. Habían odiado y temido. Ahora ya no tenían miedo, y el odio andaba suelto.

      El dios quedaba reducido a la condición de ridículo impostor. Era un ser lastimoso, un payaso sin máscara, o simplemente un cerebro desnudo e indefenso que había reinado durante siglos por medio del engaño.

      Los hombres del siglo veinte vieron que el gran cerebro, retorciéndose ahora bajo el desdén de los que habían sido sus súbditos, perdía sus poderes por efecto de las risas. Ya no dominaba a aquellas criaturas de un mundo agonizante. Sus ojillos muy juntos brillaban ferozmente, y rechinaba el pico, enojado. Estaba cansado, demasiado cansado para recuperar su poder. ¡Se acercaba el fin de Golan-Kirt!

      Los revólveres de los viajeros del tiempo apuntaron casi simultáneamente. Esta vez pudieron apuntar al cerebro. No había fuerza capaz de protegerlo.

      Los revólveres rugieron, escupiendo su fuego mortífero. El impacto de las balas hizo rodar el cerebro por el aire; empezó a sangrar, y le salieron grandes grietas. Con un golpe seco, cayó al suelo, se estremeció y quedó inmóvil.

      Totalmente agotados, cerrando los ojos y sintiendo que les flaqueaban las piernas, los viajeros del tiempo se dejaron caer sobre la arena, con las pistolas todavía humeantes.

      En todo el ruedo se oyó el grito entusiasta de los hombres del futuro:

      —¡Salve a los Libertadores! ¡Golan-Kirt ha muerto! ¡Su tiranía ha terminado! ¿Salve a los libertadores de la raza!

 

 

Epílogo

 

      —Es imposible invertir el tiempo. No podéis regresar a vuestra propia época. No sé qué ocurriría si lo intentaseis, pero sé que es imposible. Nosotros, los de esta era, sabíamos que es posible el viaje al futuro, pero no poseíamos las técnicas para construir una máquina e intentarlo. Bajo la tiranía de Golan-Kirt no hubo progreso material, sino sólo una degeneración constante. Sabemos que es imposible invertir el tiempo. Nosotros, como nación, os suplicamos que no lo intentéis. —El viejo Agnar Nohl, con la blanca barba y el cabello al viento, hablaba con sinceridad. Había en su rostro una expresión grave cuando prosiguió—: Os amamos. Nos liberasteis de la tiranía del cerebro que nos sojuzgó durante tanto tiempo. Os necesitamos. Quedaos con nosotros, ayudadnos a reconstruir este país, ayudadnos a construir máquinas, transmitidnos los conocimientos maravillosos que nosotros, como raza, hemos olvidado. Podemos ofreceros mucho a cambio, pues no se ha perdido toda la ciencia que teníamos antes de que llegase Golan-Kirt.

      Harl meneó la cabeza.

      —Es preciso que lo intentemos, al menos —dijo.

      Los dos hombres del siglo veinte se hallaban junto a su nave. Les contemplaba un grupo numeroso de hombres, una humanidad silenciosa entre sombras de las ruinas silenciosas de Denver. Los hombres del futuro habían ido a despedir con tristeza a los viajeros del tiempo.

      Un cierzo helado se levantó sobre el desierto, transportando su carga de arena. Las pieles que vestían los hombres del futuro se agitaron al viento mientras éste interpretaba una fúnebre sinfonía entre las paredes en ruinas.

      —Si existiera una posibilidad de éxito, no nos importaría que os fuerais —dijo el viejo Agnar—, pero no podemos dejar que corráis a vuestra perdición. Somos tan egoístas como para desear reteneros, pero os amamos tanto como para dejaros partir. Vosotros nos enseñasteis que el odio era perjudicial, luchasteis contra el odio que nos dominaba. Deseamos lo mejor para vosotros. Es imposible regresar en el tiempo. ¿Por qué no os quedáis? Os necesitamos. Cada vez hay menos alimentos en nuestra Tierra. Tendremos que descubrir la fabricación de alimentos sintéticos, o moriremos de hambre. Pero ése sólo es uno de nuestros problemas. Hay otros. No podéis regresar. ¡Quedaos y ayudadnos!

      Harl volvió a menear la cabeza.

      —No, hemos de intentarlo. Tal vez fracasemos, pero, al menos, lo habremos intentado. Si sale bien, regresaremos con libros científicos y herramientas.

      Agnar se pasó los huesudos dedos por la barba.

      —Fracasaréis —afirmó.

      —Pero si no fracasamos, regresaremos —insistió Bill.

      —Sí, si no fracasáis —replicó el viejo.

      —Ahora, nos vamos —concluyó Bill—. Agradecemos vuestras atenciones. Es nuestro deber intentarlo. Sentimos el tener que dejaros. Por favor, creedlo.

      —¡Lo creo! —gritó el anciano, y unió las manos en señal de despedida.

      Harl abrió la escotilla del avión y Bill subió.

      Harl se volvió antes de entrar y saludó con la mano.

      —Adiós —se despidió—. Algún día regresaremos.

      La multitud lanzó un grito de despedida. Harl subió al avión y cerró la escotilla.

      Los motores rugieron, ahogando los gritos de los hombres del futuro, y la gran máquina corrió sobre la arena. Luego despegó. Bill describió tres círculos sobre la ciudad en ruinas, como última y muda despedida a los hombres que miraban desde abajo dolorosa y silenciosamente.

      Luego Harl accionó la palanca. Otra vez la oscuridad total, la sensación de colgar en la nada.

      Los motores, puestos al mínimo, protestaron ante el cambio. Transcurrieron uno, dos minutos.

      —¿Quién dice que no podemos viajar hacia atrás en el tiempo? —gritó triunfalmente Harl.

      Señaló la aguja, que retrocedía poco a poco a lo largo de la escala.

      —El viejo se equivocaba después de...

      Bill no pudo concluir la frase.

      —¡Para! ¡Para! —le gritó a Harl—. ¡Uno de los motores está fallando!

      Harl accionó la palanca de un frenético tirón. El motor se caló y tosió; rateó un poco y seguidamente volvió a funcionar con normalidad.

      Los dos hombres de la cabina se miraron, pálidos. Sabían que se habían salvado de una caída —y de la muerte— en cuestión de segundos.

      De nuevo salieron al espacio, y vieron por segunda vez el sol color ladrillo, el desierto y el mar. Debajo de ellos se alzaban las ruinas de Denver.

      —No hemos retrocedido mucho en el tiempo —explicó Harl—. Todo está igual que siempre.

      Sobrevolaron las ruinas.

      —Será mejor que aterricemos en el desierto para reparar el motor —propuso Harl—. Recuerda que hemos viajado hacia atrás en el tiempo, y Golan-Kirt todavía domina la tierra. No vamos a matarlo por segunda vez; además, puede que eso sea imposible.

      El avión volaba bajo, y procuró ganar altura. El motor defectuoso volvió a fallar.

      —Seguro que dejará de funcionar esta vez —gritó Bill—. Hemos de arriesgarnos, Harl. Hay que aterrizar, o no podremos seguir.

      Harl asintió, sombrío.

      Ante ellos se abría la ancha explanada del ruedo. Era cuestión de aterrizar o estrellarse.

      Cuando Bill iniciaba la maniobra, el motor averiado rateó por última vez y se paró.

      Planearon sobre las paredes blancas del anfiteatro y aterrizaron dentro del ruedo. El avión tocó la arena, corrió por ella y finalmente se detuvo.

Harl abrió la escotilla.

      —Hay que repararlo en seguida y salir de aquí —le gritó a Bill—. No vaya a ocurrir que tropecemos de nuevo con ese maldito cerebro.

      Se interrumpió de repente.

      —Bill —murmuró con un hilo de voz—. ¿Estoy viendo visiones?

      Frente a él, sobre la arena del circo y a pocos metros del avión, se alzaba una estatua de dimensiones monumentales, una estatua que les representaba, a él y a Bill.

      Desde donde estaba incluso pudo leer la inscripción, grabada en el zócalo de piedra blanca con caracteres muy semejantes a los del alfabeto inglés.

      Con voz temblorosa leyó en voz alta, procurando descifrar algún carácter desconocido:

      «Dos hombres, Harl Swanson y Bill Kressman, llegaron del tiempo para destruir a Golan-Kirt y liberar la especie.» Debajo vio otros caracteres: «Quizá regresen».

      Luego sollozó:

      —No hemos viajado hacia atrás en el tiempo, Bill. Hemos continuado hacia el futuro. Mira esa piedra... erosionada, a punto de desplomarse. ¡Esa estatua ha estado aquí desde hace miles de años!

      Bill se dejó caer en su asiento, con el rostro ceniciento y los ojos vidriosos.

      —¡El viejo tenía razón! —gritó—. Tenía razón. No volveremos a ver el siglo veinte.

      Se inclinó sobre la máquina de tiempo.

      Su rostro se contrajo de rabia.

      —¡Los instrumentos! —chilló—. ¡Malditos instrumentos! Nos han engañado. ¡Mienten! ¡Mienten!

      Los golpeó con los puños, rompiéndolos, sin reparar en que el cristal le cortaba las manos, que tenía llenas de sangre.

      El silencio reinó en la explanada. No se oía el menor ruido.

      Bill rompió el silencio:

      —¡Los hombres del futuro! —gritó—. ¿Dónde están los hombres del futuro? —Y él mismo respondió—: Están todos muertos, ¡todos muertos! Han muerto de hambre. ¡No lograron fabricar comida sintética! ¡Estamos solos! j Solos en el fin del mundo!

      Harl le contemplaba desde la escotilla.

      Sobre el antiguo circo, el enorme sol rojo flotaba en un cielo sin nubes. Una leve brisa arremolinaba la arena junto al zócalo de la estatua en ruinas.

 

 

Fin

 

 

Comentario de Isaac Asimov:

 

      Cliff Simak es una figura particularmente destacada en el mundo de la ciencia-ficción. El mundo del Sol rojo fue el primer relato que publicó, y esta narrado de un modo sencillo, sin rebuscamientos. El final es triste, y recuerdo que en aquella época me impresionó. No pude dejar de admitir la fuerza de los finales trágicos, pesimistas. (El hombre que evolucionó es otro ejemplo, como se ha visto.)

       Simak fue uno de los pocos autores «primitivos» que sobrevivieron durante la Era de Campbell. La mayoría de los primeros autores no pudieron continuar. (Lo ocurrido entonces fue parecido a la irrupción del sonoro, fatal para tantos actores que habían aprendido su oficio en el mundo del cine mudo.)

      Meek, por ejemplo, apenas escribió nada después de 1932, y Miller lo hizo con muy poca frecuencia. Jones y Hamilton siguieron escribiendo bastante, pero no aparecieron casi nunca en la «Astounding» de Campbell, que dominaba el cotarro durante los años 40.

      El caso de Simak es muy distinto. En 1932 publicó otros cuatro relatos, y luego nada hasta 1938, año en que fechamos el comienzo de la era de Campbell. Entonces se puso a escribir prolíficamente para varias revistas, incluida «Astounding», y pronto pasó a formar parte de la «cuadra» de Campbell, es decir, del equipo de autores que éste había descubierto o lanzado (o ambas cosas a la vez).

      Por cierto, Simak siguió ganando en estatura durante los años 50 y 60, cuando tuvo lugar la expansión del género y Campbell no pudo seguir reteniendo el monopolio. Simak fue invitado de honor a la Convención Mundial de Ciencia-Ficción celebrada en Boston en

1971. Hace pocos días he recibido un ejemplar de su última novela, Cemetery Worid, encuadernado en tela.

      Entre 1932 y 1938 yo había olvidado a Clifford Simak, aunque no a El mundo del Sol rojo. Lo redescubrí cuando escribió Rule 18, que apareció en «Astounding Science Fiction» de julio de 1938. Ya he mencionado en The Early Asimov qué ocurrió después de esto y cómo nos hicimos íntimos amigos.

      Pocos años después de conocer a Cliff y hacerme amigo suyo descubrí, gracias a una casualidad, que él era el autor de aquel cuento que antaño narraba yo con tanto placer y éxito a mis compañeros de escuela: ¡feliz descubrimiento!

      Simak, por ejemplo, fue el primero en enseñarme que es preferible escribir con sencillez. He contado en The Early Asimov cómo ocurrió, pero al menos deseo mencionarlo también aquí.

 

      En otoño de 1931 (animado quizás al ver que mis amigos gustaban de los cuentos de ciencia-ficción que yo reproducía de palabra) quise empezar a escribir narraciones de mi cosecha.

      Sin embargo, no me puse a escribir ciencia-ficción. Tenía tan alto concepto de la enorme capacidad y vastos conocimientos científicos exigibles a un autor de este género, que no me atreví a tanto. Conque empecé un relato de aventuras tradicional, no interplanetaria, titulado The Greenville Chums at Coltege.

      Escribía a lápiz en un cuaderno de cinco centavos, y llegué a completar ocho capítulos antes de abandonar. Recuerdo que intenté narrar la historia de los Greenville Chum a uno de los amigos que solían escuchar mi traslado oral de ciencia-ficción. Con cierta cautela precoz, escogí el que parecía más fielmente entusiasmado. Cuando le narré de palabra lo que había escrito aquel día, me preguntó ansiosamente si querría prestarle el libro cuando yo lo terminase.

      No recuerdo si olvidé explicárselo, o si él no había llegado a entender que yo estaba escribiendo el libro. Creyó que estaba repitiendo otro cuento ya impreso. El halago que esto implicaba me llenó de orgullo y, desde ese día, en mi fuero interno, me consideré un auténtico escritor.